martes, 8 de marzo de 2016

“Mi querida Henrietta, que estás en los cielos…”


DÍA INTERNACIONAL DE LAS MUJERES

 Henrietta Swan Leavitt, a la derecha, acompañada de Annie Jump Cannon.
Crédito: Harvard College Observatory.

Mi querida Henrietta, que estás en los cielos, seguro que del Hemisferio Sur, entre las estrellas Cefeidas de las Nubes de Magallanes, aquellas que tanto analizaste sin llegar a verlas directamente con telescopios. Te enamoraste de puntos negros en frías placas fotográficas sabiendo que en realidad eran grandes soles. También sabías de sus secretos. Cuando ya habías perdido el oído, te dejaste la vista en ellos para la gloria de algunos hombres.

Espero que la otra vida te trate mejor que la primera, que puedas escuchar la música que tanto amabas, que no te devore ninguna enfermedad, que admiren con reconocimiento tu trabajo y que no te eclipsen las otras estrellas, sean del género que sean. 

También espero que te acompañe tu gran amiga, Annie Jump Cannon, a quien tanto entristeció tu muerte así como la injusticia que te rodeó en vida. Con esta carta te envío un recuerdo, una foto antigua, hallada recientemente, en la que posáis las dos juntas para la eternidad.

Te escribo esta carta porque hoy es el Día Internacional de las Mujeres aquí en la Tierra y porque hace 100 años se publicaron unos resultados que nos permitieron dimensionar el Universo en que vivimos. Aquel artículo que no pudiste firmar porque otro, tu jefe, lo hizo en tu lugar, aunque, eso sí, te mencionaba entre líneas. 

Me inspiraste una obra de teatro, luego un blog y ahora esta carta. Siempre estaré en deuda contigo, y por eso te escribo, para que sepas que, aquí en la Tierra, poco a poco se te va descubriendo y yo seguiré honrando tu memoria. Puede que, incluso, escriba a la Fundación Nobel para que te otorguen el premio que hace un siglo te ofrecieron, y que no recibiste por estar ya muerta. Quizá, ahora, que también se dan a título póstumo, tengas más suerte.

Página de "El blog de Henrietta": 

Página de "Bonjour, Madame!":

lunes, 6 de julio de 2015

CUADERNOS DE SENEGAL: Rosado rima con salado

El Lago Rosa de Senegal. Foto: Carmen del Puerto.


No es falso color, sino la acción de una cianobacteria (Dunaliella salina) que produce un pigmento rojo como mecanismo de defensa frente a los 325 gramos de sal por litro de agua de este Mar Muerto africano, aparentemente teñido de sangre. Lo llaman Lac Retba, “Lago Rosa” en wolof, al norte de la península senegalesa de Cabo Verde -África es un continente cromático en extremo- y separado del Océano Atlántico por una barrera de dunas. El famoso rally París-Dakar celebraba allí la etapa final de la competición.

Los habitantes de la zona, de la etnia peul, viven de explotar las toneladas de sal del lago. Los hombres (aunque cada vez más mujeres), que pasan muchas horas sumergidos en estas aguas tan salinas y corrosivas extrayendo la sal con palas y cargando las piraguas, deben protegerse la piel con una crema de nueces de karité (árbol de mantequilla), hoy en día muy apreciada en cosmética. En la orilla, las mujeres (ahora también hombres) descargan la sal de las barcas y la apilan en montañas para su secado al sol antes de su transporte y comercialización.

Aunque se flota sin esfuerzo y su profundidad máxima es de sólo tres metros, personalmente prefiero deleitarme con su mera contemplación a sumergirme en esta salmuera de color rosa chicle, si bien la tonalidad varía con la estación y la luz solar. ¡Yo no me bañaría en este lago ni untada en manteca!

domingo, 5 de julio de 2015

CUADERNOS DE SENEGAL: La Casa de los Esclavos


La Casa de los Esclavos, en la isla de Gorée (Senegal). Foto: Carmen del Puerto.


El anuncio decía: “Magnífica mansión holandesa de estilo barroco colonial del siglo XVIII en tonos pasteles, distribuida en dos plantas, con espaciosas y luminosas estancias, doble escalinata de diseño en semicírculo, patio central y maravillosas vistas al mar”. Cuando el agente de la inmobiliaria me la mostró insistiendo en sus muchas posibilidades y por tan buen precio, sentí como si de un momento a otro las candidatas de un concurso de belleza fueran a bajar luciendo palmito por aquellas escaleras laterales que tenía ante mí.

Pero me equivocaba, porque lo que vi fueron los espectros de al menos veinte millones de esclavos negros que durante tres siglos sufrieron la mayor vejación humana imaginable. Hombres, mujeres, niños y niñas que, si sobrevivieron en aquel sórdido infierno de la pequeña isla senegalesa de Gorée, fueron obligados a cruzar la “puerta del viaje sin retorno”. Toda una metáfora que explica cómo se embarcó a aquellas personas rumbo al continente americano para ser objeto de una explotación despiadada trabajando en las plantaciones de algodón, café y azúcar de los grandes potencias europeas.

No me costó mucho imaginar las diferencias que debieron de existir entre las dos plantas de aquel majestuoso edificio: arriba, los amos, militares o mercaderes, rodeados de lujos europeos, dispuestos a lucrarse comerciando con seres humanos; abajo, los esclavos, encadenados con grilletes y colocados espalda con espalda, hacinados en aquellos calabozos húmedos e insalubres. África se quedó sin sus mejores individuos –sin duda, una especie superior-, que fueron selectivamente capturados en sus aldeas y apartados de sus familias para ser enviados a las colonias americanas. Hoy, los descendientes afroamericanos de aquellos antiguos esclavos negros destacan en competiciones atléticas.

Entre aquellas paredes color salmón me pareció incluso oír los gritos literalmente ahogados de los niños, separados de sus madres. Y a las jóvenes aún vírgenes convertidas a la fuerza en amantes de sus negreros. Aún se escucha el eco de latigazos, insultos y lamentos en aquel almacén inmundo de mercancías humanas.

Y por si me faltaba imaginación, los rótulos en las puertas de las mazmorras informaban de cómo se clasificaba al “ganado”: “Hombres”, “Mujeres”, “Niños”, “Chicas jóvenes”, “Individuos inapropiados” o “Celda (de castigo) para recalcitrantes”. En la “Sala de pesaje” se cebaba a los esclavos con un tipo de fécula de engorde rápido hasta que alcanzaban el peso mínimo (60 kg en el caso de los hombres) que les permitiera soportar la travesía transoceánica en las bodegas de los barcos.

Afortunadamente, cuando me enseñaron esta casa de los horrores, de la ignominia, hoy Patrimonio de la Humanidad, se vendía ya sin inquilinos.



sábado, 11 de abril de 2015

EL BLOG DE HENRIETTA: Argumento para una vida

Escena de la obra El honor perdido de Henrietta Leavitt.
Foto: Antonio del Rosario (MCC/OAMC).

"Suena la música de Shirley Bassey. La astrónoma Henrietta Swan Leavitt está escribiendo un diario cuando recibe la visita de un célebre periodista de la CBS, Edward Roscoe Murrow. El interés de esta cadena de televisión americana por rendirle un homenaje sorprende a Henrietta que, sin embargo, acepta someterse a la entrevista. Su amiga y colega del Observatorio de la Universidad de Harvard Annie Jump Cannon la acompaña en la mayor parte de las sesiones. Todo transcurre con naturalidad hasta que el periodista intenta obtener información sobre algunas cuestiones que Henrietta parece querer ocultar, como la relación que mantuvo con el director del Observatorio, Edward Charles Pickering, y el motivo por el que no logró en su momento el reconocimiento que se merecía."

Con este argumento armé la obra de teatro "El honor perdido de Henrietta Levitt", un homenaje a esta astrónoma y al papel de las mujeres en la Astronomía, cuya labor no siempre obtuvo el merecido reconocimiento debido a los prejuicios sociales que en el pasado limitaban la percepción y valoración de lo femenino a la esfera puramente doméstica. Un homenaje extensible a muchas otras mujeres, ya sea en los campos de la ciencia o del arte. A todas ellas, gracias por sostener la mitad del cielo.

Descubriendo a Miss Leavitt

Henrietta Swan Leavitt se presentó varias veces en las clases de “Comunicación de Resultados Científicos y Didáctica de la Astronomía” que yo impartía en el Máster Oficial en Astrofísica de la Universidad de La Laguna. Se reencarnaba en mis alumnas, que la elegían para una práctica habitual de teatro en la que grandes personajes de la historia de la Ciencia son entrevistados por periodistas especializados. La astrónoma americana nacida en el siglo XIX me era hasta entonces desconocida. Después, no pude evitar su atracción gravitatoria y me vi escribiendo una obra de teatro en torno a ella.

Construí un relato a partir de la poca documentación que existe sobre Miss Leavitt, como la llamaban, a quien debemos la “regla” de medir grandes distancias en el Universo. Ella y su colega Annie Jump Cannon, otro personaje de la obra, pertenecieron al famoso equipo de mujeres que trabajó en el Observatorio de la Universidad de Harvard bajo las órdenes de Edward Charles Pickering. Ambas fueron brillantes astrónomas que también tuvieron en común sus limitadas capacidades auditivas.

Pero a falta de datos sobre muchas circunstancias que rodearon la vida de Henrietta Leavitt, introduje en la historia algunas licencias: jugué con la ambientación histórica e incorporé elementos de ficción y anacronismos intencionados.

Los actores

Antes de que tomara forma El honor perdido de Henrietta Leavitt, yo ya había elegido a la actriz que encarnaría a Henrietta Leavitt. Así que, de alguna manera, escribí pensando en ella y el personaje principal se ajustó a su perfil. Posteriormente, en los ensayos, entre las dos buscamos un mayor acercamiento a la persona real que debía interpretar, una mujer muy inteligente, pero sencilla y tímida a quien le entusiasmaba su trabajo. La actriz debía saber transmitir ese entusiasmo. Henrietta era, quiero pensar, “el papel”, de la actriz y divulgadora científica Natalia Ruiz, mi colega y amiga. 

El contrapunto en la historia lo debía dar otra mujer. Consideré imprescindible que fuera la también astrónoma brillante Annie Jump Cannon, por su gran amistad con Henrietta y porque ella sí dejó escrito un diario gracias al cual sabemos algunos detalles de la vida de Miss Leavitt. Natalia me habló de Débora Ávila para ese papel. Confié plenamente en su criterio y no me equivocaría. Débora, incluso, fue mi Ayudante de Dirección. El dramatismo y la emoción contenida con que interpretaba la última escena, donde por fin se justifica el título de la obra, eran insuperables.

Cuando rechazaba poner cara a Edward Pickering, porque le tocaba ser el malvado de la película, se me ocurrió introducir un anacronismo histórico: traer a ese espacio-tiempo sin definir donde ubiqué a Henrietta y a Annie, a un personaje no contemporáneo de las astrónomas, posterior en el tiempo. Y así surgió el recuerdo del periodista Edward Roscoe Murrow, quien se enfrentó al senador McCarthy en la Caza de Brujas y del que se hizo una excelente película protagonizada por David Strathairn y George Clooney.

De nuevo, Natalia resolvió la cuestión del casting y me propuso a Javier Martos, del que previamente visionamos un corto. De inmediato le vi como Murrow, un papel que, si bien era el menos lucido en la mayor parte de las escenas, sorprendería al término de la obra. A Javier le estaba reservado el efectista epílogo en los estudios de la CBS, donde con vehemencia apelaría a nuestras conciencias. Sencillamente, estuvo soberbio.

El escenario

Soberbio también el magnífico escenario expresionista diseñado por mi compañero Diego Giuliano Loqui, un gran artista que partió antes de tiempo, dejándonos sin consuelo, y a quien hoy le hago llegar desde este bazar mi agradecimiento más sincero, esté donde esté.


Porque Henrietta se lo merecía, rescato este material de "El blog de Henrietta", ubicado dentro de mi primer blog "El bazar de la Retórica" y que se puede ver completo en:
http://elbazardelaretorica.blogspot.com.es/p/el-blog-de-henrietta.html



domingo, 9 de noviembre de 2014

SERIE BERLÍN: El día que yo nací...

Placa que recuerda la existencia del Muro de Berlín durante casi treinta años.
Foto: Carmen del Puerto.

Un 13 de agosto de 1961 se levantaba el Muro de Berlín, el Muro de la Vergüenza, mientras mi madre, con un diagnóstico de placenta previa, me paría por cesárea. Ella me recordaba esta efeméride histórica que de algún modo deslucía mis fiestas de cumpleaños: la imposición de una cruel frontera que separaría el Este del Oeste en la Alemania de la Guerra Fría. Afortunadamente, el Muro cayó la noche del 9 de noviembre de 1989, poniendo fin a casi treinta años de ignominia. Y hasta agosto de 2013 tuve una deuda pendiente: comprobar personalmente que el muro ya no existía para que dejara de pesar sobre mi conciencia haber nacido tan nefasto día para la Humanidad. Hoy me sumo a la alegría de los festejos que conmemoran el 25 aniversario de su caída.

miércoles, 27 de agosto de 2014

PROSA DEL OBSERVATORIO. En deuda con Cortázar



Puesta de sol en el Observatorio del Roque de los Muchachos (La Palma).
Foto: Carmen del Puerto.


Aún son alevines cuando remontan los ríos, en cuyas aguas dulces permanecen hasta el momento de su reproducción. Entonces se dirigen al mar en gran número y allí cambian de nombre, alcanzan la madurez. Son las angulas camino de ser anguilas de “la región de los Sargazos”. Julio Cortázar escribió sobre este ciclo inspirándose en un artículo publicado en Le Monde, París, el 14 de abril de 1971. Compuso así su Prosa del Observatorio*, un conjunto de metáforas de la ciencia que hablan de la afición a la astronomía de un sultán llamado Jai Singh; un sutil juego de imágenes, donde las anguilas del océano se confunden con estrellas en la noche y son contempladas desde los observatorios indios de Jaipur y Delhi.

Literatura y ciencia se fusionaron en Cortázar con tintes astronómicos, como también lo hicieron en otros autores. Dante describió en la Divina Comedia un universo fiel a las concepciones de su tiempo; Rafael Alberti dedicó versos al cometa Halley como testigo de excepción de sus dos últimas visitas; Jorge Luis Borges encerró todo el espacio cósmico en El Aleph; y Edgar Allan Poe intuyó en sus cuentos el misterio de un agujero negro, mientras que en Eureka esbozaba la teoría del Big Bang.

Ahora que se cumplen cien años del nacimiento de Julio Cortázar, he querido rendirle un humilde tributo con esta entrada que abría mi tesis doctoral y, al mismo tiempo, expresar mi agradecimiento al profesor, periodista y escritor Pedro Sorela por obligarme a leer Prosa del Observatorio, entre otras joyas de la literatura.



*CORTÁZAR, Julio. Prosa del Observatorio. Editorial Lumen. Barcelona, 1974 (e.o. 1972).