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sábado, 7 de diciembre de 2013

NELSON MANDELA: La sonrisa africana




 
Retrato de Nelson Mandela en el Ayuntamiento de Ciudad del Cabo (Sudáfrica).
Composición: Carmen del Puerto.

Dicen que se apagó su sonrisa, pero no es cierto. Sigo viéndola en todos mis amigos africanos, capaces de reírse de sus problemas, inmunes al desánimo, dispuestos siempre a perdonar las afrentas. Quién sabe, quizá con la risa se puedan combatir las desigualdades, los agravios, las ignominias. Los africanos lo intuyen y por eso sonríen. Una ironía que retrató con elegancia Doris Lessing, también fallecida este año, también Premio Nobel, aunque no de la Paz, sino de Literatura, que viene a ser lo mismo. La escritora incomodó con su “Risa africana”. Denunciaba con su obra una realidad que a Tata Madiba tampoco le era ajena.

Dicen que se apagó su sonrisa, pero no es cierto. Sigo viéndola en todos los seres humanos buenos por naturaleza, de dignidad inquebrantable, desinteresados y magnánimos, seguidores de Confucio -“el que domina su cólera domina a su peor enemigo”-, conscientes de que el rencor debilita a las personas. Sigo viéndola en el llanto compartido por su pérdida en todos los rincones del planeta, en los medios de comunicación que rinden tributo a su memoria, en mi propia familia, desconsolada. Mandela contagiaba su bonhomía y nos hizo creer que un mundo mejor era posible. Por ello, pese a su ausencia, yo sigo viendo su sonrisa, la sonrisa de un continente, la sonrisa africana.


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sábado, 9 de noviembre de 2013

CRÓNICAS DE CINE: “Alto como un baobab”



  Paisaje saheliano del norte de Camerún.
Foto: Carmen del Puerto.

Caerse de un árbol tan literario puede arruinar una infancia, cuando no toda una vida. La película senegalesa de Jeremy Teicher Alto como un baobab (2012), presentada en el último Festival de Cine Africano de Córdoba, ilustra esa contingencia con un complejo drama familiar inspirado en hechos reales. En el bazar de la Metáfora quiero rendir homenaje a tan exquisita película y a tan magnífico festival.

 
Fotograma de la película Alto como un baobab (Jeremy Teicher, 2012).
 
Me habría gustado escribir esta historia, contarla en imágenes, rodarla en un pueblo de Senegal, con sus habitantes convertidos en actores de su propia vida. ¡Cuánto habría dado por tener ante la cámara a Coumba y a Deba, hermanas inseparables en la ficción y en la realidad, y admirar de cerca el coraje de la mayor por evitar el fatal destino de su hermana pequeña, que tan sanamente la envidia! Coumba proyecta seguir sus estudios universitarios en la ciudad y promete a su hermana que ella también podrá hacer lo mismo. Me habría enamorado del noble Amady, el amigo cómplice en el plan de Coumba que se presta a ayudarla y no sólo cuidando el ganado por ella.

Habría intentado comprender a esa madre, tan resignada como hermosa, que asume sin resistencia la voluntad de su marido. También a ese padre de familia, obligado a pactar por dinero la boda de su hija pequeña, de tan sólo 11 años, con un hombre de avanzada edad. En principio, se trataba de hacer frente a los gastos hospitalarios de su hijo mayor, Sileye, tras caerse del baobab y quedar fuera de juego en la economía familiar. Después, cuando Coumba cree haber resuelto la situación, nos encontramos con que el padre no puede defraudar a la comunidad y a su imam incumpliendo su palabra.

También querría haber debatido con el maestro local si la escuela es realmente el enemigo de la familia, como creen en ese tradicional pueblo senegalés, hasta el punto de enfrentar a escolares y padres cuando estos últimos se obstinan en que prevalezcan las costumbres sobre la razón.

Sí, me habría gustado haber hecho esta película, pero se me adelantó Jeremy Teicher. ¡Cuánto le envidio! Quizá yo hubiera cambiado el final, con la esperanza más nítida en el horizonte, pero no habría reflejado tan acertadamente el sentimiento de frustración y la tensión entre el peso de la tradición y los derechos humanos. Aquí no caben relativismos culturales por los que debamos respetar los matrimonios infantiles. Los niños son niños en todos los continentes y nadie tiene derecho a robarles la infancia, ni por la tradición, ni por el cumplimiento de la palabra dada, ni por necesidades de subsistencia. Incluso en este último caso, que podría encontrar alguna suerte de justificación, me resisto a creer que los seres humanos no seamos capaces de hallar otras soluciones. ¿Tan inútiles somos?

Página del director:

Página del Festival de Cine Africano de Córdoba:
http://www.fcat.es/FCAT/